PLANTANDO CARA A LA REALIDAD

Javier Menéndez Llamazares. Todos los charcos. Ediciones Valnera. Santander, 2012.

 

Los géneros no existen, son sólo una convención de origen didáctico, metodológico; son categorías artificiales, pero están ancladas en esa especie de poso que en el inconsciente literario de cada lector se va sedimentando con cada una de las lecturas que emprende. Es importante tener presente esta premisa para enfrentarse a la lectura de Todos los charcos, el último libro de Javier Menéndez Llamazares, porque el lector que se asome a las páginas del libro se va encontrar con un cóctel compuesto de narraciones cortas, poemas en prosa, notas de diario, aforismos más o menos enmascarados en la prosa de los días, y esas formas heterogéneas coexisten en la página fruto de la libertad del pensamiento, porque el pensamiento, todos lo sabemos, es arbitrario, no sigue un orden preestablecido, no se atiene a normas prefijadas, serpentea por el laberinto de la mente, se oculta, reaparece, confirma nuestras expectativas o nos sorprende descubriendo otras distintas.

Existe en muchas personas un extraño convencimiento que les lleva a pensar que si alguien destaca en alguna actividad concreta, instintivamente se le declara inútil para ejercer otra tarea artística. Al hombre, según este examen, no le queda otra opción que ser lo que Herbert Marcuse —en un libro memorable y completamente actual, a pesar de estar escrito en la década de los sesenta— llamó El hombre unidimensional. Marcuse critica en sus páginas a ese hombre que “carece de una dimensión capaz de exigir y de gozar cualquier progreso de su espíritu. Para él, la autonomía y la espontaneidad no tienen sentido en su mundo prefabricado de prejuicios y de opiniones preconcebidas”. Pues bien, quien conozca la multiplicidad de ocupaciones, no sólo literarias, de Javier, puede desmentir con firmeza esa aseveración anticipada. Javier es un novelista dotado de ese don, no tan frecuente como puede parecernos,  de saber contar una historia con un ritmo envolvente y un cuidado en la expresión exquisito (para quien aún no lo haya comprobado, le bastará con leer su primera novela “El método Coué”, o adentrarse en la siguiente, de publicación anunciada para la primavera próxima y, privilegiado que es uno, quien les habla ya ha tenido la oportunidad de disfrutar) que exigen las distancias que llamamos de “largo aliento”, en la que muchos autores naufragan, abortan el intento o se desfallecen por el esfuerzo. La escritura de Javier atrapa desde el primer instante y te obliga adentrarte en la historia, a seguirla hasta el final, un final que deseas que llegue lo más tarde posible. Lo peor de haber leído a Javier es que ya no se puede repetir ese extraño placer, extraño e intransferible, que produce el descubrimiento al leerlo por primera vez.

Pero Javier no es sólo un afortunado novelista o un reputado escritor de cuentos, su ambición creativa no se detiene aquí, porque escribe, eso sí, muy pausadamente, una poesía con un tinte biográfico, aunque se distancie agudamente del sentimentalismo gracias a una ironía que podríamos calificar como compasiva, lo que le permite, paradójicamente, tomarse la vida muy en serio, y  lidia además varios días a la semana con el lenguaje inmediato de la crónica periodística, de carácter deportivo la mayoría de las veces, pero con sabias incursiones en el entorno en el que vive. Aquí la mirada del escritor se detiene morosamente para descubrirnos una esquina diferente, un recoveco inadvertido, un paisaje mutilado. No contento con mantener esa frenética actividad que a las personas como yo, lentas en sus ejecuciones como paquidermos, nos produce cierta incredulidad, también ejerce como periodista radiofónico dominical y como lector voraz, pero no como un lector cualquiera, sino como un lector que lee con el lápiz afilado, tomando notas, asimilando referencias, eviscerando el cuerpo de la escritura, sólo de esta forma es posible escribir y pronunciar los comentarios que se ve impelido a hacer en reseñas y presentaciones de libros. (Hoy, por cierto, se encuentra al otro lado de la barrera y después habrá que preguntarle qué se siente).

Todas estas cosas Javier Menéndez Llamazares las ejecuta a la perfección, y esto no es un elogio de compromiso, sino una asentada creencia. Que yo sepa, sólo hay una actividad, bueno, mejor será decir dos o tres y dejar al margen sus dos pies izquierdos, que hasta ahora se han negado a concederle sus favores, el arte, es decir, la pintura o la escultura, la interpretación instrumental y escribir una canción. El propio autor escribe: “jamás he conseguido escribir una canción”. No sabemos si ya lo habrá conseguido, porque Javier persiste en el empeño y yo estoy seguro de que la acabará escribiendo.

Pero entonces, ¿de qué trata Todos los charcos? De muchas cosas, pero sobre todo de asuntos cotidianos, humildes, casi evanescentes como la lejana infancia, que nos brinda emocionados recuerdos de los lugares por los que transcurrió,  en su León natal. Si uno, como aseguraba Max Aub, es de donde estudia el bachillerato, no cabe duda de que Javier es un leonés transterrado y afincado en una Cantabria que ha hecho suya, aunque esto en realidad no importa, porque la consecuencia de la buena literatura es, precisamente, trascender desde lo local a lo universal. Aunque no hay sólo melancolía, sino un activo análisis del comportamiento humano, de la sociedad en la que vive, eso sí, todo ello narrado siempre como una fina ironía que permite al lector esbozar una sonrisa ante lo que, sin el magnífico uso de la sátira, nos parecería despreciable. La extensión de los fragmentos es variable, no atienden a unas premisas de extensión preconcebidas como ocurre con la columna de prensa o la página de opinión. Aquí el autor se deja llevar por su propio instinto y el azar es el que determina el principio y el final del texto (no debemos olvidar que inicialmente estaban pensados para un blog digital).

Más que cualquier otra cosas, yo las denominaría notas de diario, entradas en las que tienen cabida los temas más intrascendentales junto  a otros de mayor envergadura conceptual, aunque ambos asuntos, los principales y los secundarios, están tratados con idéntico amor a la precisión lingüística, a la discursividad narrativa, en la que Javier es un especialista consumado. No podemos olvidar, como antes les decía, que el autor de estas piezas, de estos relatos “gnómicos”, a la manera del, aún no recuperado para la historia de la literatura del pasado siglo, articulista y narrador Tomás Borrás, es novelista, y se desenvuelve a la perfección en las distancias más cortas del relato y practica casi diariamente la crónica periodística en distintas secciones, sobre todo en la deportiva, de la que mejor es no hablar en esta plaza, si no quiero que salga de la librería despellejado, porque Javier Menéndez Llamazares es un acérrimo hincha del Racing, y digo yo que, aparte de tener más moral que el Alcoyano, debe tener valor el susodicho para atreverse a venir a hablar de su libro a la tierra de la Gimnástica. En fin, perdonaremos esta mácula en su expediente vital (ya le tocará rendir cuentas  por esta negligencia al encargado  celestial de la sección deportiva) y nos ceñiremos al argumento literario, que es el que nos ha convocado aquí. 

Javier, en una entrevista reciente, decía que “Lo interesante es hallar otra perspectiva, conseguir ver nuestra vida cotidiana como si no fuera nuestra”, y esa idea está presente en los textos que componen Todos los charcos.  La mayoría de ellos estás apegados a una perentoria realidad. Narran sucesos en los que la actualidad gobierna el desenlace y, sin embargo, son intemporales porque el hombre tiene a repetirse y si no me creen, lean el titulado “De himnos y banderas”, que parece escrito hace unos minutos. Hablando de lo que es un ‘escritor de raza’, Javier se pregunta: “¿Y yo, entonces? Yo, sin amo, sin collar, sin vacuna ni escudilla en la que me echen las sobras, ¿qué seré? ¿Un triste perro abandonado, recluido en la perrera a la espera de que alguien me rescate? ¿Un chucho callejero, mestizo, mezcla de todas las razas y de ninguna? Claro que a mí nadie se ha atrevido a llamarme ‘escritor de raza’”. Yo si me atrevo, querido Javier, eres un ‘escritor de raza’, sea esto lo que sea.

 

 

 

 

 

 

 

 

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