ABRA DEL PAS

Todo río posee algo de frontera imaginaria. Separa dos orillas, dos formas de ver el mundo, disgrega el ayer del futuro. El presente sólo existe en la mirada de quien escribe. Todo río es una herida, horada el paisaje hasta que su curso desemboca en ese mar que avanza sobre la arena, ese mar que es el morir. Miles de imágenes que mi retina ha ido grabando a lo largo de los años se han fundido en una sola en mi interior, la que resume todas las demás, la imagen verdadera, la que conserva involuntariamente mi memoria. En los días de lluvia, cubiertos por la niebla, parece el paisaje un cuarto sin ventanas en el que aspiro un aire oscuro y estancado. En los días despejados, cuando en los ojos se superponen montañas y acantilados, dunas y espumosas olas que parecen nacer de un horizonte ensalivado y evanescente, la luz del enrojecido crepúsculo arde en la habitación como si ésta estuviera decorada con cristales de mil colores. Aspiro ahora el polen de un aire que embellece lo que toca. Contengo la respiración, disfruto del instante.

Cuando la bajamar llega a su punto menguante me invade la sensación de que la maquinaria infatigable se detiene, sólo un hilo de agua que apenas arrastra al esforzado piragüista recorre el antes vigoroso cauce. Vendrán en unas horas a su encuentro las aguas embravecidas, ávidas, acechantes de un mar que ya no espera, que rompe el cerco del olvido. Flamean blancas velas de recreo entre urros y embarcaciones pesqueras, rugen motores por la carretera saturada de vehículos que regresan, se oyen bocinas mientras la brisa vespertina borra la huella de los bañistas en la playa vacía. La oscuridad avanza cauta, astutamente igual que la cicuta por la sangre. Las dos vertientes son ya una. La noche iguala los contornos. Unas farolas iluminan débilmente las calles de los pueblos de la costa. Parpadean estrellas en el arco celeste. Se detiene el viajero en lo alto del promontorio, una vez pasada la curva. Se interna el pensamiento por un agujero negro, el de la melancolía.

 

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