JUAN PABLO ZAPATER

La velocidad del sueño. Col. Calle del aire, nº 113.Editorial Renacimiento. Sevilla, 2012

Más de veinte años ha durado el silencio poético de Juan Pablo Zapater, roto felizmente ahora con la publicación de La velocidad de los sueños, editado por la infatigable editorial Renacimiento. La coleccionista, su único libro publicado hasta ahora, premio Loewe a la Joven Creación, data de 1989, y unos fragmentos de este libro aparecieron en 1986, en la colección de cuadernos “La pluma del águila”, de la que Zapater era, junto a Vicente Gallego, a la sazón, responsable. No conocemos los motivos que llevaron a Zapater, después ser distinguido con tan prestigioso galardón, a dejar de escribir o, al menos, a dejar de publicar durante tantos años — acaso un exacerbado sentimiento crítico minó sus fuerzas y le condujo al mutismo—ni posee relevancia alguna a la hora de leer su poesía de nuevo, aunque personalmente reconozco que he echado en falta en más de una conversación con amigos comunes, alguno de los cuales me confirmó que Zapater seguía escribiendo, la posibilidad de leer poemas recientes. 

Dividido en dos partes simétricas en cuanto al número de poemas, «Libro de huéspedes» y «Rosas para otras manos», el libro comienza con ‘La extraviada’, que, además de ser una poética de ascendencia juanramoniana en la que nos desvela el carácter casi religioso— como una especie de renovación bautismal señala Zapater su regreso poético—que la poesía tiene para el autor, actúa como excusatio de tan dilatado silencio, no sólo editorial sino creativo, a la vez que nos informa de algunas de las influencias poéticas que han sido vitales en la formación del autor. Nombres como los de Salinas, Neruda o Aleixandre son fácilmente deducibles de alguno de los versos de este poema. Pero también nos revela una forma de entender la poesía, una convicción poética que permanece inalterable y fiel a unos principios severamente arraigados desde sus comienzos, en los que prevalece una concepción del poema de corte clásico, formalmente admirable —sobre todo en estos tiempos es los que parece moneda común despreciar la forma — fiel, como escribió Eliot, a “un patrón musical de significados secundarios” y adscrita a una línea meditativa de carácter moral, moralidad que articula todo el libro en los reiterados exámenes de conciencia, unas veces evidentes y otras más solapados, aunque Zapater nunca utiliza una máscara para encubrir las incertidumbres del yo. Son muchos los poemas merecedores de inscribirse en la memoria del lector, pero yo propondría los titulados, además del mencionado ‘La extraviada’, ‘La mitad del camino’, ‘El olvido del ángel’—que involuntariamente me trae a la memoria una vieja pregunta que John Cheever se hacía a sí mismo en sus diarios: “¿Se puede manipular la tragedia sin cierta autoridad moral, sin cierto sentido del bien y el mal?”—, ‘Carta para un amigo’ —dedicado significativamente a Vicente Gallego— o ‘La noche del ateo’. Quienes se acerquen por primera vez a la obra de Juan Pablo Zapater descubrirán a un poeta poco conmiserativo consigo mismo, maduro y tierno, jubiloso y desengañado, consciente de su lugar en el mundo, dueño de sus conquistas y flaquezas,  responsable de sus actos, un poeta que entiende la poesía como una liturgia en la que vida y escritura se funden en una oración, en un ruego “que te ayude a creer en la promesa/ ¿de qué voz, de qué luz y de qué mundo?”. La experiencia no se alimenta de manera constante y regular de acontecimientos, todo lo contrario, fluctúa de un lugar a otro, cambia por la forma de ver las cosas, a la vez que las cosas adquieren nuevos significados al mirarlas con mayor persistencia, es hija de su tiempo, por eso no podemos encontrarnos ahora con el mismo poeta que escribió La coleccionista, porque la persona que ahora escribe también es distinta, aunque muchos de los temas —temas eternos, por otra parte— de su poesía sigan siendo semejantes.

La intensidad de los poemas que componen La velocidad del sueño ha colmado con creces mis expectativas como lector, lo que no hace sino ratificarme en la idea de que el poeta ha sido excesivamente  cicatero al privarnos durante tanto tiempo del placer de leerlo, porque la treintena de poemas que integran este libro nos dejan con las ganas de leer más, y con la impresión, acaso deliberadamente manipulada por ese antiguo anhelo, de que con estos poemas coexisten otros que han quedado descartados por el exigente criterio del autor. Espero que sus lectores no nos veamos obligados a esperar otras dos décadas para volver a disfrutar de su poesía.

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